Fragmentos (*)
“…Calurosa y húmeda amaneció aquella jornada del 19 de marzo de 1870. El bochorno estival prestaba al paisaje de montañas circundado brochazos de naturaleza muerta con esa esa quietud mortificante que precede al final de las cosas terrenales. Abriéndose paso por sobre los picos de aquellas cortadas y últimas estribaciones de las serranías del Amambay, asomaban los primeros destellos de un sol que se anunciaba de fuego y apenas un leve soplo de caldeada brisa abanicaba con suavidades de raso las hojas de los árboles cercanos y los caídos flecos de hierbas y zarzales. En el campamento paraguayo era el silencio fúnebre y la premonición agobiante del cercano drama. En silencio y de puntillas, como se da en un camposanto o por la alcoba de un moribundo, la gente se de dica a sus habituales quehaceres, y son éstos el poder vivir sin pan y el saber morir con resignación, Nadie teme el final y nadie desespera de su suerte; los dolores, penurias y desengaños han encallecido el alma de quel pueblo llegado a la última estación de su Via Crucis, sin que en todo el trayecto de su penoso andar por la Calle de la Amargura encontrara una piadosa Verónica que enjuagara el rosto…”.
“…Aquel 1° de marzo ocurrió lo que aconteciendo venía todos los días desde hacía muchos meses: soldados, mujeres, niños, que amanecían muertos de inanición. Se había perdido ya la piadosa costumbre de dar sepultura a los cadáveres, ni falta que hacía pues de ellos no quedaban carnes ni para tentar a las aves de rapiña, y los huesos eran pronto blanquedos por la voracidad de las hormigas o calcinados por el sol de fuego…”.
“…Frente a su tienda de campaña espera Solano López el momento fatal. Ensillado está su caballo y rodéanle los pocos fieles que le restan de su gran ejército. Sabe el mariscal que en el cuadrante trágico de su destino va a sonar pronto la hora final. No hay medio de eludir ese instante ni fuerza capaz de detener el sutil correr de la arenilla contando los minutos que faltan para la muerte. El enemigo está a dos pasos y una nueva retirada se hace ya imposible ni tiene razón de ser. Aquel puñado de huesos en pie no puede ya seguirle y tampoco puede abandonar lo que resta de su ejército y de su pueblo para refugiarse en la selva cercana y escapar a la hora nona…”
“… La noche antes, unos indios «cay-guá» habían estado a proponerle refugio y asilo en sus lejanas tolderías, sabedores estos indígenas de la proximidad de las fuerzas brasileñas. «Yajhá, caraí habíanle dicho- ndo topá i chene nde rejhé los cambá ore apytepe» (vamos, senor; no darán con usted los negros adonde pensamos llevarle). Pero Solano López declinó el ofrecimiento de aquellos leales aborígenes. No podía rematar su vida borrascosa, señera y hecha ya historia con una fuga indecorosa, malogrando en en un instante de flaqueza toda la gloria tejida en rededor de su nombre y de su alcurnia. Su promesa era morir con su pueblo, y aunque razones le faltasen para ufanarse de esperar la muerte con jactancia -tenía apenas cuarenta y tres años- tampoco le era dado exponer su nombre, ya íntimamente compenetrado con la suerte de su patria, al ludibrio y a la mofa de las generaciones presentes y posteriores. Había que morir. El mandato era irrevocable. Y morir como un soldado, tal lo había hecho el último de los suyos, sin rendirse y con el arma en la mano…”
“…Al punto del mediodía irrumpieron los escuadrones del general José Antonio Correa da Cámara en la llanura ocupada por los restos del ejército paraguayo, luego de haber pasado a cuchillo el destacamento que hacía de puesto avanzado, al mando del general Roa, degollado éste el primero…”.
“…La señora Lynch, al escuchar el fragor que se acercaba, hizo atalajar apresuradamente su coche y se metió en él con sus hijos Carlos, Federico, Enrique y Leopoldo, niño de ocho afños este último. Su hijo mayor, Panchito, de quince años y coronel de caballería, montó a caballo y desenvainando su sable, hasta entonces virgen de guerreras proezas, se dispuso a dar escolta a su madre y hermanos pequeños. A poco aparecieron por allí los imperiales y sofrenando sus caballos ante el coche, que no tuvo tiempo de ser puesto en movimiento, inquirieron con palabras soeces si aquella mujer era “la querida de López” y aquellos chicos “sus bastardos”. El insulto hizo hervir la sangre de Panchito, que espada en mano se arrojó sobre los brasileños, repartiendo mandobles hasta caer con la cabeza partida de un feroz sablazo. Elisa Alicia Lynch, de pie en su coche, protegiendo con su cuerpo la vida de sus pequeños, que aterrorizados presenciaban aquella escena brutal, al ver caer a su primogénito, gritó a los brasileños: “Respétenme! ¡Soy inglesa!”. La actitud de aquella mujer que, actitud de pantera herida, defendía a vida de sus hijos, tuvo la virtud de detener la furia del enemigo…”.
“…Entretanto, Solano López había montado a caballo, mientras los pocos soldados de su escolta trataban de cubrir su retirada con disparos de carabina, y clavando espuelas a su fiel tordillo, internóse en la selva que bordea el Aquidabán – ningüí, seguido de Silvestre Aveiro e Ignacio Ibarra. Mas la soldadesca brasileña no tardó en reconocerlo y se lanzó en su persecución: “!E o López! ¡E o López !” fueron los gritos de guerra, resonando entre ondeantes banderines y aceros desnudos. El propio general Cámara enderezó su cabalgadura hacia la escena y se unió a los perseguidores para tratar de ver de cerca pero no tanto a aquel personaje fabuloso que a raya los había tenido por espacio de cinco increíbles años…”.
“…Antes de haber galopado largo trecho, alcanzaron los imperiales a Solano López; trató aquél de defenderse con su sable, mas al punto el cabo Francisco Lacerda, apodado “Chico Diabo” le atizó un lanzazo, que dándole en el bajo vientre produjo tremenda herida, mientras un soldado le abría con su sable una nueva y desgarrante herida en la frente, de la cual comenzó a manar abundante sangre…”
“…El mariscal estaba solo, herido y casi desarmado. Mas los brasileños no osaban todavia acercársele para hacerle prisionero o darle muerte, tanto era el teror que aquel hombre singular les inspiraba. Internóse Solano López on la espesura del Aquidabán-nigüí, pequeño arroyo con orillas cenagosas, mas a poco de andar su caballo, las heridas recibidas obligáronle a echar pie a tierra. Trató entonces de vadear el estrecho curso de agua y ganar la ribera opuesta, pero a los pocos pasos dió de bruces en el fango, quedando con medio cuerpo sumergido en la corriente y cegados sus ojos por la sangre que brotaba de su frente. El fin no estaba ya muy lejos, pues el mariscal sabe que “semejante a los dientes del áspid, cuya mordedura es mortal, ese fierro terminado en media luna, que le penetrara en las vísceras, ha depositado allí los gérmenes de la muerte”. (Borman)…”
“…Estando en esto, aparecieron los brasileños con el general Cámara al frente. “Ríndase, mariscal”, intima el jefe brasileño desde respetable distancia al hombre herido, moribundo, bañado en sangre viscosa y húmeda, impotente, desfallecido, medio ahogado. Contesta el mariscal presiderte con aquella su frase inmnortal que por los siglos de los siglos resonará el alma de todos los paraguayos: “¡MUERO CON MI PATRIA!» al par que ensaya simbólica estocada con la punta de la fina hoja dirigida al corazón del adversario. Permiso, mi general Cámara y futuro vizconde: ese hombre -nunca más apropiado el vocablo no sólo está desarmado, sino agonizante. ¿No se apeará nuestro bravo caballero a tomar el sable de las convulsas manos del enemigo vencido en un rasgo de noble entereza? No estaba hecho de esas fibras Correa da Cámara, insensible a la grave dad de aquel minuto histórico, que había de hacer de él por el resto de su vida encubridor y cómplice de un vergonzoso asesinato. Vuelve a ordenar que desarmen a Solano López. Un charolado y morrudo adalid de la libertad forcejea con el mariscal para arrancar de sus manos desfallecidas el acero desnudo. En eso, suena un tiro de Manlicher -no se sabe disparado por quién– y la bala va derecha al corazón de Solano López. Un espumarajo de sangre tiñe de rojo carmesí las terrosas aguas del Aquidabán-nigüí. La guerra de la Triple Alianza ha terminado…”
(*)Extractado de libro “Solano López, soldado de la Gloria y del infortunio de
Arturo Bray.



