A 48 años del naufragio del buque Miriam Adela, una de las peores tragedias fluviales registradas en Paraguay, el relato de don Baltazar Maldonado —uno de los sobrevivientes— vuelve a iluminar los vacíos, silencios y dudas que todavía rodean aquel 10 de febrero de 1978. Su testimonio, marcado por el dolor y la memoria viva, revela detalles sobre las horas previas, el momento del vuelco y la caótica asistencia posterior.
Una tormenta que cambió todo en minutos
“A media tarde del 10 de febrero de 1978 cayó una tormenta que volcó el buque Miriam Adela, fue un desastre”, recuerda don Baltazar. La embarcación, dedicada al transporte de pasajeros y carga sobre el río Paraguay, había zarpado con normalidad, aunque —según él mismo relata— ya presentaba señales de riesgo debido al peso excesivo y al abordaje informal de pasajeros adicionales.

“Perecieron 113 personas oficialmente, pero yo creo que fueron muchos más. Varios pasajeros fueron abordando sin boleto”, asegura, señalando una práctica frecuente de la época en rutas fluviales donde el control de pasajeros no siempre era riguroso.
El peso, la carga y un desequilibrio fatal
Además del transporte de personas, el Miriam Adela llevaba consigo una significativa cantidad de mercaderías, maquinarias y repuestos. Baltazar formaba parte de ese circuito comercial.
“Yo trabajaba llevando cadenas, coronas y otros accesorios de hierro, repuestos para maquinarias; toda mi carga se perdió, no recuperé nada”, cuenta. Ese exceso de peso, combinado con la intensidad de la tormenta, habría contribuido fatalmente al vuelco del buque.
“La carga era muy importante, hasta excesivo diría yo, y la tormenta hizo lo demás”, afirma con seguridad, recordando cómo la embarcación se inclinó rápidamente sin dar tiempo a maniobras de rescate internas.
Un instante para sobrevivir
En medio del caos, gritos y oscuridad, Maldonado logró aferrarse a un único objeto que le permitió mantenerse a flote: “Pude ayudar a una niña de 4 años y a otra joven gracias a que me aferré a la tapa de la bodega del barco”.
Ese improvisado salvavidas fue también su punto de apoyo para asistir a quienes tuvo al alcance, mientras a su alrededor veía la magnitud de la tragedia. Su relato describe un río cargado de escombros, personas luchando por sostenerse y una tormenta que seguía castigando la superficie.
Auxilios tardíos y decisiones cuestionadas
Si bien algunas embarcaciones acudieron al lugar para auxiliar, don Baltazar recuerda que no siempre las prioridades fueron humanas.
“Hubo personas con botes que ayudaron, pero en gran medida priorizaron las cargas antes que a los pasajeros”, lamenta. Aquella reacción, según su visión, pudo haber marcado la diferencia entre la vida y la muerte para muchos.
Indemnizaciones desiguales y heridas abiertas
Tras el naufragio, algunos sobrevivientes lograron acceder a indemnizaciones gestionadas por autoridades o empresas vinculadas al transporte fluvial. No fue su caso: “Sé que hubo sobrevivientes que fueron indemnizados, yo no gestioné y no cobré”, reconoce sin rencor, aunque con la certeza de que la tragedia lo dejó con pérdidas materiales y emocionales.
Un episodio que el país no debe olvidar
El naufragio del Miriam Adela continúa siendo un hecho que marcó profundamente la historia fluvial del Paraguay. Si bien las cifras oficiales hablan de 113 fallecidos, testimonios como el de don Baltazar sugieren que el número real podría haber sido superior, especialmente considerando el abordaje informal de pasajeros y el control laxo de manifiestos.
Hoy, su voz suma memoria y contexto a un episodio que aún necesita más documentación, más investigación y, sobre todo, más reconocimiento a quienes sobrevivieron y a quienes nunca regresaron.



